sábado, 26 de octubre de 2013

Motín a bordo

Hoy os voy a contar una anécdota, una de las más divertidas que recuerdo de mis viajes. Nos ocurrió a mi novio y a mí en uno de nuestros últimos viajes, en Nicaragua.


En el año 2010 nos cogimos tres meses libres y nos fuimos a recorrer varios países de Latinoamérica, empezando por México y acabando en Argentina. En Centroamérica una de nuestras últimas paradas fue en Nicaragua. Teníamos intención de visitar sólo Granada y la Isla de Ometepe, pero en nuestras múltiples lecturas de la guía, entre autobús y autobús, descubrimos que había unas islas muy chulas frente a la costa nicaragüense: Corn Island. Son dos islitas muy pequeñas, una ni siquiera tiene carretera y a todos los sitios se va andando, y la otra sólo tiene una carretera que circunvala la isla y el resto es pura naturaleza. Nos gustó como lo pintaban y decidimos hacer un cambio de planes e ir a pasar unos días allí, a relajarnos después de recorrer un poco a la carrera la península del Yucatán, Guatemala y algo de Honduras.

Nos compramos el billete de avión en internet el día antes de salir, desde la recepción del hostel en el pasamos la noche en Managua. Al día siguiente bien temprano nos fuimos al aeropuerto de vuelos nacionales de Managua, que es minúsculo. No tienen ni cintas transportadoras para el equipaje, te ponen un papel con una goma y el equipaje se lo dan a uno que lo lleva hasta donde almacenan las maletas y después lo meten en el avión. Y la tarjeta de embarque es de plástico, te la quitan cuando subes al avión para dársela a los pasajeros del siguiente vuelo.
El sitio donde almacenan las maletas se ve desde donde esperan los pasajeros para embarcar. Y yo, que no me fío de “naide” porque ya me han pasado muchas cosas en mis viajes, pues estaba ahí ojo avizor a ver que hacían con nuestras maletas. Al lado mío había un italiano igual de desconfiado que yo, así que nos pusimos a charlar sobre el viaje y me contó que el tenía un restaurante en la isla pequeña y que llevaba carne en la maleta, y por eso estaba preocupado por cómo la trataran los maleteros.
El caso es que estando allí vimos como llegaba un maletero que señalaba con el dedo unas cuantas maletas al azar que los otros maleteros fueron subiendo al avión. Casi todo lo que subieron eran cajas de cartón de transporte aéreo y bicicletas, y alguna que otra maleta.  Al poco rato la mitad del equipaje estaba en el avión y el resto seguía ahí, en una esquina, incluidas nuestras maletas y la del italiano. Bueno, pues nos llaman a embarcar, y yo que no me fiaba aún subí la última al avión (una miniatura de avión). Justo antes de subir, después de un último vistazo, constaté que las maletas seguían ahí y le pregunté a uno de los maleteros que a qué esperaban para subirlas. Y me dice: “Nada señorita, ahora mismo las vamos a meter en el maletero del otro lado, que el de este lado está lleno”. Pues nada, con esas me monto en el avión. Y justo nada más sentarme se encienden las luces de abrocharse los cinturones. Y claro, yo mosqueada llamo a la azafata y le vuelvo a preguntar, y ella con un poco de cara de guasa me dice “si, ya las van a subir”. Un minuto después arranca el avión y empieza a moverse. Y entonces, claro, me cabreé, porque la azafata me acababa de mentir en la cara.
Llamo a la azafata y se lo vuelvo a decir, y me suelta “bueno, vendrán en un vuelo más tarde o tal vez mañana o pasado" (muy lista tampoco era, porque podía haberme asegurado que venían en el siguiente vuelo y lo mismo hubiera colado). Y claro, se me calentaron los cascos. Empecé a hablar medio a gritos, diciéndole que si me estaba tomando el pelo, que si se creía que porque soy turista soy idiota, que yo había pagado por mi billete y por mi equipaje, y que lo quería en el mismo vuelo… blablabla. Entonces me levanté y dije que no me sentaba hasta que el avión volviera a por mi maleta. Puede parecer exagerado, pero el hecho de que me mintiera a la cara como si fuera tonta me sentó realmente mal, y si uno va a unas islas a pasar 5 días, y de esos días, 3 estás sin poder cambiarte de ropa o sin bañador o, peor aún, sin lavarte los dientes, pues no mola nada. La mujer (la única azafata del mini avión) un poco asustada se va a hablar con el piloto. Lo mejor es que algunos turistas (que no eran muchos, la mayoría eran gente de la isla) me preguntaron en inglés que qué ocurría, y cuando se lo conté me secundaron y empezaron a ponerse de pie… y el italiano, pensando en su carne para el restaurante, montó en cólera. Total: un motín a bordo en toda regla, aquí la artífice yo…


Por supuesto, volvieron. Dijeron que no cabían más maletas, pero el italiano y yo, que lo habíamos visto todo, les dijimos que habíamos visto como subían bicis y varias cajas de cartón y sacos de patatas, que dejaran de hacerse los locos y bajaran eso y subieran los equipajes. Al final nos dieron permiso a mí, al italiano y a otros dos a bajar para coger nuestras maletas, en persona, y subirlas al avión. Mi novio mientras tanto, haciéndose el loco como si no me conociera, flipaba dentro con el resto de locales. Así que bajamos, cogimos nuestras maletas (mochilones en mi caso, uno en cada mano) y nos subimos con ellas al avión, con dos huevos. Dice mi novio que los demás pasajeros cuando me vieron subir con las dos mochilas al mismo tiempo (una en cada mano, 30 kilitos de nada) se pusieron a hacer bromas. Pero eso sí, al llegar a las islas nosotros teníamos nuestro equipaje y los graciosillos no, y los vimos a todos gritar para quejarse. Amigos, uno se tiene que quejar en el momento apropiado…
¿Qué os ha parecido la historieta? Os habéis reído un poco. La verdad es que fue una experiencia para recordar. En aquel momento me enfadé mucho, pero ahora lo recuerdo con cariño. Cuando viajas a veces tienes que hacer valer tus derechos, porque muchas veces al ver que eres un turista te intentan timar a la mínima de cambio.

    Con la tarjeta de embarque de plástico.


    Llegamos a la isla para la fiesta más popular "Crab Soup" (Sopa de Cangrejo), que conmemora la liberación de la isla como colonia británica (allí todos hablan inglés, español y/o una mezcla de ambas lenguas)










“No se recuerdan los días, se recuerdan los momentos” (Cesare Pavese)

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