domingo, 22 de diciembre de 2013

Islandia - De Akureyri a Grundarfjörður

Regreso a vosotros con una nueva entrada sobre Islandia. Hay tanto que ver en este país tan maravilloso que no puedo dejar de escribiros cosas sobre él ;-)

Nos quedamos en la ciudad de Akureyri, en la que no nos quedamos para visitar. Aunque había leído que tiene bastantes cosas para hacer, en este viaje nos llamaba más la naturaleza que la visita a ciudades, de las que pensábamos tener ración suficiente con la capital. Además nos esperaba un largo viaje de carretera de mas de 300 kms, y queríamos hacer varias paradas por el camino. Nuestro destino final de ese día era el pequeño pueblo de Hólmavík.


Tras atravesar el escénico valle de Öxnadalur, la primera parada del día fue en Glaumbær, museo al aire libre formado por una típica granja islandesa con techo de turba del siglo XVIII, una de las últimas que se conservan en buen estado tanto por fuera como en el interior. La granja-museo se puede visitar por dentro, donde se pueden apreciar las habitaciones de la granja tal y como era antiguamente. Se conservan además multitud de objetos de la época, como los muebles, los utensilios de cocina y de labranza y objetos personales de los antiguos dueños. En mi opinión es una visita muy interesante que permite conocer el estilo de vida de los islandeses de hace un par de siglos, aunque vimos poca gente que se parase a visitar el interior, y la mayoría daba sólo una vuelta alrededor del edificio. Una pena. Para que podáis apreciar como es por dentro, os dejo un par de fotos.





Después de la granja-museo paramos brevemente en la iglesia de Vídimyrikirkja, también edificio típico islandés, de 1834.



Nuestra siguiente parada fue ya en la Península de Vatnsnes, donde queríamos ver la colonia de focas de Hindisvík. Aunque no vimos muchas focas, desde allí pudimos hacer un pequeño sendero a pie hasta Hvítserkur, un pilar de roca que emerge del mar frente a la costa. Es un sitio bastante bonito, una buena parada para descansar del largo camino hasta lo Fiordos del Oeste.


Tras esta breve visita, seguimos directamente hasta Hólmavík, haciendo solo paradas cortas a lo largo de la costa cuando veíamos algún lugar bonito. Hólmavík es una buena puerta de entrada a los Fiordos del Oeste, un pequeño pueblo pesquero con casitas de colores y un curioso museo sobre brujería que os recomiendo visitar (http://www.galdrasyning.is/). En Hólmavík decidimos dormir en el camping local, que lamentablemente no ofrece muchas comodidades aunque si buenas vistas de la bahía en la que se encuentra situado el pueblo.

A la mañana siguiente comenzamos nuestra ruta por los famosos Fiordos del Oeste, sobre los que habíamos leído todo tipo de opiniones. En principio queríamos ir por el norte (pasando por Reykjanes, Súðavík, Ísafjörður, Þingeyri...), pero nos comentaron en un par de sitios que las carreteras son complicadas y muchas son de grava, por lo que aunque la distancia sea pequeña se tarda mucho en hacer esa ruta. Como sólo teníamos un día y medio (teníamos ya billete en ferry comprado con antelación), pues improvisamos e hicimos los fiordos por el sur, eso sí, con la idea en mente de llegar a la Península de Látrabjarg, que era también el destino final de la otra ruta.

       Fiordos del Oeste


Con el nuevo recorrido en mente, salimos de Hólmavík en dirección a Látrabjarg, y por el camino queríamos parar en todos los sitios que nos llamaran la atención. Los fiordos no son tan impresionantes por el sur, pero ya habíamos visto los del este, así que no era tan malo. Pero hubo una cosa que no estaba en nuestro nuevo plan y que nos estropeó bastante el día: una niebla super espesa a través de la que se veía más bien poco del camino que tan bonito nos imanábamos. De vez en cuando despejaba por unos minutos, y veíamos retazos de fiordos que se antojaban preciosos, pero poco más. Después de varias horas de conducir por una carretera de cabras, llegamos a Flókalundur, y como seguía habiendo mucha niebla, decidimos hacerle un quiebro y tomamos el siguiente desvío a la derecha, hacia la catarata de Dynjandi. Que buena idea, fue alejarnos del mar y salió el sol, y encima el camino para llegar a la catarata es impresionante, con vistas del fiordo Arnarfjördur. Os dejo unas fotos para que veáis que maravilla de sitio y que maravilla de vistas. Y para no defraudar, la catarata es otra maravilla de la naturaleza, de unos 100 metros de altura y formando un curioso triángulo en la caída, y el río desemboca en el fiordo, que es también muy bonito.

                            Vista de los fiordos de camino a Dynjandi

 Dynjandi



Después de esta parada volvimos por el mismo camino, esperando que con un poco de suerte la niebla se hubiera disipado al llegar al mar. Un poco menos había, pero aún no se veía del todo bien. Seguimos hacia la Península de Látrabjarg, donde queríamos ver los acantilados, el faro y las playas de Rauðisandur y Breiðavík. Pero nada, la niebla nos acompaño todo el día, así que poco pudimos hacer.

De camino a la playa de Rauðisandur pasamos por un curioso barco varado en la arena. Escalando por un lado pudimos entrar y recorrer los pasillos vislumbrando algo de los destrozados camarotes. No sé que pinta el barco ahí, pero es genial. Por cierto, nos atacó otro pajarraco, están por todas partes! A la playa, famosa por su arena roja, no pudimos llegar. Después de seguir una tortuosa carretera (con unos acantilados escalofriantes y sin quitamiedos), llegamos al punto donde se aparca y desde el que se puede ir andando hasta la playa, que es una lengua de arena separada por un brazo de mar y a la que sólo se puede acceder por un punto a pie. Bueno, había tanta niebla que no pudimos encontrar el sitio por donde acceder, así que solo vimos la playa de lejos y entre jirones de niebla. Y lo peor es que nuestros amigos los pájaros volvieron a atacarnos, y esta vez eran muchos más. Os dejo un vídeo para que juzguéis vosotros mismos.

Raphael siendo atacado por un pajarraco, con el barco al fondo

Playa de Rauðisandur

Los pájaros asesinos

Después continuamos hacia los acantilados de Látrabjarg, con la intención de parar de camino en la otra playa, la de Breiðavík, está conocida por su arena dorada y sus aguas azules. Tampoco pudimos verla, la niebla lo engullía todo... siendo incluso peor en los acantilados, donde sólo se veía algo a una distancia máxima de medio metro. Eso sí, a pesar de la niebla pudimos disfrutar de uno de los propósitos de visitar los acantilados: los frailecillos. Estos acantilados, de unos 400 metros de altura, son zona de anidamiento de numerosas especies de aves, entre ellas los famosos frailecillos, que curiosamente en este punto no se asustan en absoluto de las personas, así que te puedes acercar a ellos para observarlos a escasos centímetros. Son muy bonitos, para muestra un botón:




Llegó la hora de decidir dónde dormir. Teníamos pensado dormir en el camping cercano a los acantilados, pero con semejante niebla la humedad era altísima, así que decidimos dormir en el Hotel Látrabjarg, situado en una antigua escuela a pocos metros de la playa de Breiðavík, con la esperanza de poder disfrutarla por la mañana antes de ir a coger el ferry hacia Stykkishólmur. El hotel ofrece buenas habitaciones a un precio bastante económico para lo que es Islandia (unos 90 euros). Además conocimos a varias españolas que estaban trabajando allí y nos contaron como habían conseguido el curro, lo que se gana allí y otras cosas interesantes de la vida en Islandia.

Por la mañana nos levantamos super temprano con la esperanza de poder ver la playa y los acantilados sin niebla antes de conducir por la tortuosa carretera de los fiordos hasta el punto donde debíamos coger el ferry. Tuvimos suerte y la niebla casi se había disipado, así que después de desayunar dimos un breve paseo por la playa y después subimos de nuevo al acantilado. Era tan temprano que no había nadie más allí, y pudimos disfrutar de las vistas y de los frailecillos sólo para nosotros. Os dejo un par de fotos de la zona.

 Playa de Breiðavík

 Acantilados de Látrabjarg


Después de la última visita en los fiordos del oeste, nos dirigimos con el coche hacia Brjánslækjar, el lugar donde se cogen el ferry Baldur hacia las islas de Flatey y hacia Stykkishólmur, uno de los puntos de entrada a la Península de Snæfellsnes. Os dejo el enlace de la página del Ferry Baldur (http://www.seatours.is/FerryBaldur/), donde os recomiendo reservar con antelación si no os queréis quedar en tierra (sobre todo si váis con coche).

Llegamos a Stykkishólmur en algo menos de tres horas, parando antes en Flatey, una mini isla habitada sólo por unas cuantas personas. Esa noche teníamos reserva en el Hostel de Grundarfjörður, uno de los mejores de los que visitamos en Islandia, con buenas habitaciones, acceso a internet gratuito, una cocina bien equipada... Entre Stykkishólmur y Grundarfjörður paramos en varios sitios por el camino para disfrutar del paisaje. La verdad es que las vistas por esta zona son maravillosas, uno de los sitios más bonitos de Islandia. La península alberga el PN de Snæfellsjökull, cuyo nombre proviene del volcán a través del que los protagonistas de “Viaje al Centro de la Tierra” de Julio Verne comienzan su odisea bajo tierra. De camino pasamos por un sitio en el que yo me moría de ganas de parar pero Raphael no quiso: el museo de Bjarnarhofn. ¿Que de qué es el museo? Mmmmm, es una granja que se dedica a preparar una de las especialidades islandesas: tiburón podrido. Si... habéis leído bien, eso se come! Estoy segura de que me hubiera muerto del asco, pero soy una viajera a la que le gusta probar de todo (o casi, no me veo comiendo sopa de ojos o sesos de mono al estilo de Indiana Jones). Por eso quería pasarme por allí, pero Raphael se negó en rotundo. Una pena. Por si vosotros os animáis, aquí os dejo el link del museo: http://www.bjarnarhofn.is/

Cuando llegamos al hostel aún no era muy tarde, así que nos dio tiempo a visitar un par de sitios antes de la cena. Paramos en Öndverdarnes, donde se puede disfrutar de un par de faros, acantilados, campos de lava o la bonita playa de Skarðsvík. Una zona muy bonita. De ahí continuamos por la carretera hacia la playa de Dritvík y Djúpalónssandur, una playa de cantos rodados de origen volcánico, muy interesante para dar un paseo disfrutando de los pináculos volcánicos que sobresalen en ambos bordes de la playa. De vuelta al hostel paramos en el cráter del Haxholl, desde cuya cima se disfrutan una buenas vistas de los cráteres y campos de lava de la zona.


 Öndverdarnes

Djúpalónssandur y playa de Dritvík 

Vista desde el cráter del Haxholl


Después de un día tan largo dormimos a pierna suelta. Al día siguiente nos quedaba un largo camino conduciendo de vuelta a Reykjavík, la última parada de nuestro viaje. De esta maravillosa ciudad os hablaré en otro post que cierre el viaje a Islandia. Sin embargo antes de despedirme os cuento brevemente las paradas que hicimos de camino a la capital, todas en la Península de Snæfellsnes.

La primera visita fue al faro de Malariff, desde donde hicimos un pequeño recorrido a pie hasta los pilares rocosos de Lóndrangar. La parada fue breve, y tras ella continuamos hacia el pequeño pueblo pesquero de Hellnar, del que parte un escénico sendero de 2.5 kilómetros hasta el siguiente pueblo, Arnarstapi. El sendero serpentea a la orilla del mar entre curiosas formaciones rocosas, columnas de basalto y cuevas. Teníamos intención de hacerlo entero y volver, pero a mitad de camino comprendimos que el paisaje era todo igual, y no había mucho más que ver, así que volvimos antes de tiempo a Hellnar.

Nuestra siguiente parada fue el maravilloso Cañón de Raudfeldsgjá. La verdad es que este no estaba en nuestros planes, pero lo vimos desde el coche y nos llamó la atención, así que decidimos acercarnos andando. Es una garganta entre altísimas paredes de roca por cuya base corre una pequeña corriente de agua. Se dice que en ella se oculta un troll que fue expulsado allí por su hermano. Se puede explorar el cañón a pie, aunque cuanto más te adentras en él más estrecho y difícil se vuelve. A pesar de no estar en nuestros planes creo que fue la mejor visita del día.




Después del cañón, sólo paramos brevemente en la Iglesia de Búdir, del siglo XIX, y en las playas de Breiðavík y Búðavík, de arenas grisáceas. Nos hubiera gustado hacer alguna parada más, pero el camino hasta Reykjavík era largo, y teníamos que llegar con tiempo para buscar el hostel para dejar las super mochilas y entregar el coche puntuales. Lo conseguimos, pero de lo que hicimos en la ciudad de los bares os hablaré en otro momento J. Hasta entonces os deseo felices fiestas. Comed mucho turrón y polvorones por mí!


“El turista no sabe donde ha estado. El viajero no sabe donde irá.”

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